En la llave no está la clave, por Beatriz Ferro

En la llave no está la clave. (inédito).

La cerrajería del barrio tenía por nombre «Las Llaves del Reino» lo que había contribuido a que Sam, su dueño, recibiera el apodo de Sam Pedro.

Tales alusiones celestiales fueron sin embargo ineficaces para conjurar la infernal ola de asaltos que desde hacía un tiempo padecían los vecinos.

Inútiles la vigilancia y la doble llave; no había puerta ni portón que les cerrara el paso a los ladrones.

La figura de Sam Pedro empieza a destacarse cuando pone a la venta «La Sietellaves», cerradura de máxima protección.

Los vecinos que la probaron pudieron dormir tranquilos por primera vez en mucho tiempo. Naturalmente, el vecindario entero corrió a comprarla.

Seguridad, alivio, sueño sin sobresaltos… por unos días.

Los ladrones no tardaron en demostrar que cerraduras y cerrojos eran juego de niños para ellos.

La población superó el duro golpe; nuevo peregrinaje a “Las Llaves del Reino» y cambio de proyecto: en vez de la cerradura convencional, Sam Pedro recomendó la «Ranura segura», un sistema de protección con tarjeta computarizada y alarma.

El gasto valió la pena; los ladrones, desconcertados, se replegaron con la frente marchita… Por un tiempito, hasta que le encontraron la vuelta al sistema y volvieron a la carga con renovados bríos.

La situación empeoró como bola de nieve cuesta abajo. Hasta que, un día, Sam Pedro se jugó e importó de Oriente la última palabra en seguridad: los sensores «Ábrete Sésamo» y «Ciérrate Sésamo» que accionaban las puertas con la sola emisión de la voz de los dueños de casa.

Para qué abundar en detalles. Digamos simplemente que se repitió el ciclo y, después de un comienzo esperanzado, sobrevino el fracaso: los malhechores se convirtieron en expertos imitadores de voces, robaron con denuedo y todo volvió a la anormalidad.

Había una lógica en todo eso puesto que cada innovación les demandaba nuevos gastos; tenían que familiarizarse con técnicas novedosas, adquirir herramientas adecuadas, y, en algunos casos, contratar el asesoramiento de un delincuente senior.

Así que, para llegar a fin de mes, tenían que hacer horas extras, esto es, trabajar más, esto es, robar más. Sin contar con que, para los malvivientes de más edad, vencer los obstáculos que les oponían era una cuestión de amor propio y, para los más jóvenes, una cuestión de bronca.

Cuando ya parecía que el problema no tendría solución, Sam Pedro les comunicó a los vecinos que había encontrado una salida más que original, insólita, que hasta podría parecer disparatada. Después de profundas meditaciones había llegado a la conclusión de que los ladrones, cuyos logros cotidianos consisten en desbaratar la endeble seguridad doméstica desconectando alarmas y violentando cerrojos, de ninguna manera soportarían actuar en un ámbito que no les opusiera resistencia. En síntesis, había que dejar las puertas sin llave, preferiblemente abiertas o entornadas. Casi una invitación:

¡Bienvenido, delincuente!

Por increíble que parezca, la propuesta dio resultado. Los malvivientes, pensando tal vez que la comunidad ya no respetaba las reglas que rigen las conductas del asaltante y el asaltado, emigraron hacia barrios más respetuosos de la tradición.

El cambio fue notable. En seguridad, por supuesto. Aunque fue aún más llamativo en lo que a ‘Tas Llaves ‘ del Reino» se refiere, ya no más cerrajería sino sede del CENOU, Centro de Orientación Universal. A partir de aquel acierto, Sam empezó, a ser consultado sobre los más diversos temas. Por comodidad o desidia se dejó la barba, calzó ojotas, y cambió los jeans por una larga túnica. Alguien, uno de tantos, encendió en una de las reuniones la primera varita de incienso.

Los viejos siguieron llamándolo Sam Pedro, pero los jóvenes vieron en él al noble guerrero vencedor de las fuerzas oscuras y lo rebautizaron Sam Urai.

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