El casting por Silvia Schujer

“El casting”. La cámara oculta. Buenos Aires, Alfaguara, 2003. Pág. 11 a 15

La dirección que figuraba en los diarios correspondía a la entrada de una sala de espectáculos a la que esa mañana, desde mucho antes de que dieran las nueve, resultó imposible acercarse. La sólida cadena humana que nacía en la puerta cerrada del teatro y -por estricto orden de llegada- prometía rodear la manzana era rigurosamente defendida por sus integrantes como si en la ventaja de ser los primeros residiera una parte de la conquista, una mayor proximidad con el botín.

Vista desde afuera, quizás desde lejos, la ambición de formar parte de algo que parecía oculto en el interior de aquel teatro impresionaba como el único elemento común de esa hilera. Su variedad de ejemplares, en cambio, de vestimentas, edades, pelajes, equipamientos y estilos reformulaba el misterio: ¿detrás de qué promesa terrenal podrían marchar juntos ese joven practicando el oboe con el pantalón tres veces roto en la rodilla y una mujer cargando sobre su cara maquillaje en cantidad suficiente como para revocar una pared? ¿Qué destino común podrían estar persiguiendo ese viejo rebuscado con las uñas pintadas de verde y la criatura de cinco, tal vez seis años que tironeaba la pollera de su madre -tal vez tía o abuela- y reclamaba ayuda para aliviar el dolor de sus piernas exasperadas de aburrimiento y cansancio?

Los hablan citado a las nueve y allí estaban. Desde antes, mucho antes. La convocatoria habla sido para todos a la misma hora y en el mismo sitio: para chicos desde cinco años y actores en general. Para estudiantes de arte escénico y escenógrafos. Para intérpretes de cualquier instrumento, cantantes y bailarines.

A las once se abrieron las puertas del teatro y asomaron tres mujeres. Eran muy jóvenes, usaban jeans y unas remeras blancas con palabras en inglés. “The sound of music”, decían. Lo mismo que podía leerse en el frente de unos gorros con visera que las promotoras también exhibían, en franca identificación con la empresa norteamericana que acababa de contratarlas.

Congeladas en una sonrisa, escondidas cada una en la inmovilidad de ese gesto que las volvería imperturbables a la hora de enfrentar cualquier reclamo, lo primero que hicieron las tres chicas al salir del teatro fue detectar a los bailarines diseminados en la cola y repartirles papeles: por un lado, un número y una ficha de inscripción; por otro, una serie de instrucciones para que se presentaran al casting, pero la semana siguiente.

Después continuaron por los cantantes a los que también repartieron lo suyo e invitaron a retirarse hasta el día previsto para ellos. Lo mismo hicieron con los músicos y los actores. Los estudiantes y los escenógrafos. Dejaron para el final a los chicos y les sirvieron un lunch. Les entregaron un número y una ficha para que completaran en ese mismo instante (rosa para las mujeres, celeste para los varones) y les informaron que en no más de una hora comenzarla la prueba.

A punto de cumplirse el plazo llamaron a los primeros veinte postulantes y -separados de los adultos, a quienes replegaron en un pasillo- los condujeron a la sala principal del teatro. Allí los esperaba un experto animador de actividades infantiles al que la producción habla contratado especialmente para ayudar a los menores en el trance. Fue él quien los animó a subir al escenario y los acomodó según edad y estatura. Fue él quien los instó a que bailaran despreocupados y sueltos, al compás de los distintos ritmos que escucharan y sin prestar atención a las caras de esas personas que -entre afables y extrañas los estarían evaluando desde la platea.

Fue él quien acompañó a los primeros descalificados a que se reencontraran con sus familiares y él mismo quien después alentó a cada uno de los que habían superado la instancia del baile para . que se presentaran con alguna canción, imitación o recitado otra vez ante sus jueces.

La primera etapa de la selección terminó a las nueve de la noche cuando, de veinte en veinte, los ochocientos chicos de cinco a diecisiete años que se hablan presentado al casting tuvieron su oportunidad de probarse.

El resultado de esa jornada arrojó un total de ciento setenta y dos preseleccionados, ochenta de ellos mujeres, entre las cuales estaba Tamara Romina Luna: ojos grandes, marrones, siete años, buen ritmo. Ella, al igual que los otros, tendría que volver la semana siguiente con un breve libreto estudiado y la renovada esperanza de ser elegida para integrar un elenco. Pero no cualquier elenco -repetiría su madre mientras la ilusión no se hubiera desvanecido- el elenco de una superproducción. El de una gran comedia musical basada en una vieja película: La novicia rebelde.

Ahora, a casi seis años de ese día ya disuelto, Tamara termina una carta y la mete en un sobre. Es de noche. Corta por el medio una foto y distribuye las dos partes de acuerdo con su plan. Guarda el sobre en su mochila y se cerciora del resto: agrega el celular apagado de su padre y elige la ropa que se va a poner a la mañana. Se acuesta.

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